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En una brisa silenciosa
Por el Hno. Roger, Taizé
Pronto hará tres mil años que un creyente llamado Elías tuvo la intuición de que Dios habla en el desierto y que una silenciosa confianza que brota del corazón está al principio de todo.

Su pueblo se entrega a toda clase de creencias, sin importarle nada las formas. La fe desparecía. Esta historia se repite a lo largo de la humanidad: todo, excepto el Dios vivo.
Elías hizo lo imposible para hacer entender, y no lo consiguió. Desanimado, no pudiendo más, pide a Dios que lo deje morir.

Un día Elías es llamado a ir al desierto del monte Sinaí para escuchar a Dios. En el Sinaí, un huracán se desencadena, seguido por un terremoto; después un fuego violento. Pero Elías comprende que Dios no se manifiesta en estos estallidos de la naturaleza.

Quizá fue una de las primeras veces que, en la historia, se escribe un intuición tan clara: Dios no se impone por violencia, no se expresa a través de medios poderosos que dan miedo. Hoy, como ayer, Dios no es el autor de la guerra, de los cataclismos, de las desgracias, del sufrimiento humano.

Después, en el Sinaí, todo recobra su calma. Entonces Elías oye a Dios como en un susurro. Y se les manifiesta esta realidad sobrecogedora: a menudo la voz de Dios pasa por una brisa silenciosa.
Dios no quiere nunca imponerse a nadie.
Dios no pide que forcemos las manifestaciones del Espíritu, porque eso sería encender fuegos artificiales sin ningún porvenir. El que se entrega en un juego así cree percibir a Dios, cuando lo que ve no es más que una proyección de su propio yo. Querer llevar a otros hacia experiencias forzadas del espíritu de Dios, sería conducirlos hacia lo ilusorio, incluso hacia un abismo.
Hoy como ayer, su voz jamás calla. A menudo se le puede echar como una brisa silenciosa.

¿ El aparente silencio de Dios ocultaría una comunicación, donde “el abismo llama al abismo”?El ser humano no tiene fondo, ¡ hay en él como un abismo! Pero Dios ya está ahí, en él.¡Dichoso el limpio de corazón! Descubre que, incluso bajo los silencios del Evangelio, el mayor misterio que puede hacer es el de la presencia continua de Jesús, el resucitado, ofreciendo a toda criatura humana.

En todo, el silencio interior. Incluso cuando Cristo Jesús desaparece en nosotros, él está presente.
Hay quienes a lo largo de una vida, piensan que no saben rezar. ¿lo ignoran? Ellos son visitados. En la brisa del silencio de Dios, es un susurro, Dios habla humildemente. Mantenerse en silencio en su presencia, para acoger su espíritu, es ya rezar.
Aunque a veces nuestra oración no sea más que un pobre balbuceo, eso no es lo más importante. Las realidades del reino no se miden. En cierto sentido, es quizá mejor así: alegrémonos de que, por ello, Dios nos de la humildad.
Y Dios comprende todos los lenguajes humanos, el comprende nuestras palabras, pero comprende también nuestros silencios. Y el silencio es a veces el todo de la oración.
No lograr un silencio interior a cualquier precio, suscitando en si como un vació, acallando imaginación y reflexión.

En la oración, reflexiones e imágenes atraviesan el espíritu. Quizá sean necesarias para los equilibrios interiore. A quienes se sorprendan desciendo: “Mis pensamientos se pierden, mi corazón se dispersa”, el Evangelio responde: Dios es más grande que tu corazón.

Es inútil imponerse a sí mismo o a los otros métodos para forzar el silencio interior. El conocimiento de ciertos principios para sostener el cuerpo y la respiración es a veces necesario. Pero de ahí a erigirlos en recetas o en querer hacer escuela hay un buen margen.
Cuando la oración está sometida a una técnica, el ser humano construye a partir de sí mismo. Todo sistema, incluido el misticismo, corre el riesgo de alcanzar un Dios fabricado por las proyecciones humanas.
Dichoso el limpio de corazón por que verá a Dios. En cada uno, el reino interior no tiene principio ni fin.


Hno. Roger, Taizé
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Fecha: 12/11/2005
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