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Mi vida entera para Dios
Testimonio del P. Antonio García Ríos sch. p.
Mi vocación… una entera acción de gracias a quienes me mostraron el camino
Cuando alguien me pregunta sobre mi vocación acostumbro a decir que fue por contagio. Tengo la alegría de decir que los tres hermanos hemos sido elegidos por el Señor para ser ministros de la Iglesia y los tres entregamos toda nuestra vida en las Escuelas Pías. Es un misterio inmenso que me desborda.
Mucho de este “contagio” se lo debo a mis padres. Ellos me enseñaron a buscar a Dios con todo el ardor de mi corazón siendo ejemplos a imitar, pues hacían primero lo que después nos invitaban a vivir a nosotros.
Mi hermano Juan, el menor, fue el primer en pronunciar su sí definitivo en la Pascua eterna. Mi hermano, el P. Eduardo, ha sido quien nos marcó a los dos y nos contagió el deseo de hacer de nuestra vida “algo importante”, de gastarla en algo que valga la pena.
Mi hermano Eduardo (fallecido hace dos años) había ingresado a nuestro postulantado de Cascajo (actual colegio “Cristo Rey” de Zaragoza). Yo iba con frecuencia a visitarlo, y lo veía tan feliz y contento que surgió en mí el deseo de seguir sus pasos. Por supuesto que entonces no sabía lo más mínimo adónde se dirigía ni cómo iba a concluir.
Ingresé en el postulantado de Peralta a los doce años (esa era la edad en que acostumbraban entrar todos al Seminario). Estuve tres años de prenovicio (haciendo tiempo para la edad canónica de los votos) y uno de novicio.
Durante esos cuatro años se nos instruyó asiduamente en todo lo referente a la vida religiosa calasancia y sacerdotal, y procurábamos vivir congruentemente. A mí me sorprendía y entusiasmaba. Los superiores debieron ver que iba asomando efectivamente para la vida religiosa escolapia, así que me admitieron al noviciado y a los primeros votos.
Durante los seis años del Juniorato fui profundizando en la vida sacramental y afianzando mi conocimiento de la vida escolapia. Con sus compromisos, obligaciones y privilegios. Así fue que el 26 de febrero de 1949 pronuncié mis votos solemnes en Albelda, ante el corazón y la lengua incorruptos de nuestro Santo Fundador, y el recientemente elegido Superior General de la Orden, el Rvmo. P. Vicente Tomek. Al año siguiente, el 23 de septiembre de 1950, fui ordenado sacerdote “para siempre”.
Mi hermano Eduardo, siendo muy joven, se aventuró a venir a Argentina en el año 1949, con poco más de 25 años. No era una decisión fácil. Venir a América (como le llamábamos) significaba mucho tiempo de viaje en barco y quizá la posibilidad de no volver más a la propia tierra. Siempre admiré la valentía de aquellos que supieron poner siempre primero a Dios en sus vidas. Mi hermano fue uno de ellos.
También en esto me sentí invitado a seguirlo. Fue así que muchos años después que mi hermano había llegado a Argentina, pedí venir para ejercer mi ministerio escolapio entre los niños y los jóvenes. Ya llevo más de 30 años y puedo decir que soy feliz.
Mi vida en la Escuela Pía no ha sido precisamente una marcha triunfal, ni un camino de rosas. Ha habido en ella una alteración de penas y alegrías, de triunfos y fracasos, de noches oscuras y días esplendorosos.
Ahora, en el atardecer de mi vida, no me canso de agradecer a mi Padre del Cielo el regalo de la perseverancia, su misteriosa providencia y el derroche de gracias y bendiciones que me ha hecho llegar a través de mis hermanos escolapios, a quienes de corazón agradezco su amor misericordioso.

P. Antonio García Ríos de la Inmaculada Concepción, Sch.P.
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Fecha: 29/06/2014
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