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Beatos Mártires Escolapios
22 de septiembre


El padre Dionisio Pamplona y doce compañeros escolapios sufrieron el martirio por su fe en 1936, durante las primeras semanas de la guerra civil española.

Reseña biográfica
Dionisio Pamplona y sus doce compañeros habían consagrado su vida a la educación cristiana de los niños en la orden de las Escuelas Pías, a ejemplo de nuestro Fundador, San José de Calasanz. De todos ellos, los padres Dionisio Pamplona, Manuel Segura. Faustino Oteiza y los hermanos David Carlos y Florentín Felipe pertenecían a la misma comunidad religiosa de Peralta de la Sal(pueblo natal de Calasanz), en el que se habían establecido los escolapios en 1695, siendo desde entonces muy queridos por el pueblo. Gentes forasteras y desalmadas provocaron la prisión y muerte de estos cinco mártires de Peralta.

El p. Dionisio Pamplona,nació en 1858 en Calamocha (Teruel). Ejerció su ministerio como maestro y educador en los colegios escolapios de Alcañiz, Jaca, Pamplona y Barbastro. En Buenos Aires fue, también, Rector del colegio y párroco, y ambos oficios desempeñaba en Peralta de la Sal, cuando fue apresado y encarcelado. Escapó de la prisión sólo para ir a la parroquia y consumir las especies sacramentales y evitar profanaciones sacrílegas. Le pidieron luego que entregara las llaves del templo, pero respondió: ¨No las entregaré sino al obispo que me las confió¨. Cuando le sacaron de la cárcel de Monzón para llevarle al suplicio, pidió al carcelero un cepillo para limpiarse la sotana, como quien va a una fiesta. Era muy alto y destacaba en el grupo, del que era el único sacerdote. Al grito de ¨el cura para mí¨, la mayoría de lo disparos fueron hacia él.

El p. Manuel Segura cumplió su misión de maestro y educador en los colegios escolapios de Barbastro, Tamarite, Pamplona y Tafalla. Había nacido en Almonacid de la Sierra (Zaragoza) y al morir tenia 55 años. Cuando el santuario calasancio de Peralta fue cercado por los milicianos armados, los novicios estaban jugando al fútbol en el patio. El p. Segura, su maestro, les exhortó a estar dispuestos a testimoniar su entrega con martirio. Por ser demasiado jóvenes se libraron y lo recuerdan como un educador lleno de ternura.

A su lado fue sacrificado, a sus 29 años, el hermano David Carlos,un navarro de Asarta. Encargado del huerto, trabajador y noble, era muy querido por los peraltenses, también labradores. Sus verdugos le dijeron que le perdonaban la vida si abandonaba el hábito religioso. Pero no renegó.

El p. Faustino Oteiza había nacido en Ayegui (Navarra) y contaba 46 años al morir. Desde niño quería ser como uno de aquellos jóvenes escolapios que estudiaban en el cercano monasterio de Irache, a quienes pedía estampitas al verlos cruzar su pueblo en largas filas. Nos ha dejado tres cartas en que describe el martirio de sus hermanos de comunidad, reuniendo datos en que coinciden las trece historias de estos mártires escolapios. He aquí algunos pasajes:

-Tenemos tres mártires en toda la extensión de la palabra, padre provincial. Hasta la fecha el Señor no me ha juzgado digno de derramar mi sangre por Jesucristo. No sé si me concederá tanta dicha como la otorgada a mis santos hermanos. Aunque el Señor me infunde bastante fortaleza, puede considerar cómo estará mi corazón. Nos ha visitado casi todo el pueblo, condoliéndose de nuestra desgracia. Los de Peralta estaban empeñados en salvarnos, pero temían a los forasteros venidos armados en camiones. Los del pueblo procuraron apaciguarlos. Al hno. Florentín lo salvaron por anciano y a mí por enfermo.

El p. Segura, el hno. David y yo nos abrazamos tiernamente y nos dijimos: Adiós, hasta el cielo. Radiantes de alegría, se presentaron a los guardias que los llevaron al lugar del suplicio, Siento no participar en su dicha. Tal vez, como inútil, el Señor me tenga reservada la pobre condición del criado de Job, que se libró de la catástrofe para darla a conocer al amo y que muertes tan gloriosas no pasen desapercibidas. En fin, padre mío, si nos vemos en la tierra, hasta entonces, y si no, hasta el cielo. Rueguen para que el Señor se compadezca de nuestros perseguidores a quienes perdonamos de todo corazón. (1-VIII-1936).

Este periodista del misterio fue asesinado una semana después de estas cartas. Había sido maestro de 23 promociones del pueblo. Al descubrir entre sus verdugos a un discípulo, le dijo:«Antonio, ¿vas a matar a tu maestro?. Aquel hombre huyó sollozando.

Con él fue Inmolado el hno. Florentín Felipe, nacido en Alquézar (Huesca). Era un anciano de 80 años, casi ciego, y al decirle el p. Faustino que se los iban a levar al suplicio, exclamó sencillamente: ¨Alabado sea Dios¨. Lo mataron con el rosario en las manos.

El p. Enrique Canadell era de Olot (Gerona). Había enseñado en las Escuelas Pías de Mataró, Balaguer y Barcelona. Tenia 48 años cuando fue apresado. Al conducirle a la muerte entre golpes e insultos no se acobardó, pero reaccionó prontamente y habló a los verdugos con tal entusiasmo del perdón de Dios, que uno de ellos recordaba luego: ¨Le matamos antes, porque nos estaba convenciendo¨.

El p. Matías Cardona nació en la Vallibona (Castellón), en el seno de una humilde familia de pastores y tuvo que superar muchas oposiciones para hacerse religioso; entró en el noviciado a los 27 años. Cuando le mataron, hacia sólo tres meses que se había ordenado sacerdote. Había empezado apenas su ministerio en el colegio de Escuelas Pías de San Antón de Barcelona. También él habló a sus verdugos, perdonándolos y conmoviéndolos, de modo que uno de ellos dijo: -¨Hagamos lo que tenemos que hacer y pronto, si no nos convertirá¨. Tenia 34 años.

De los hermanos Carceller, del Forcall (Castellón), tres eran agustinos recoletos, tres escolapios y una hermana era dominica. Nuestro mártir, p. Francisco, desempeñaba con gran celo su apostolado en los colegios escolapios de Barcelona, muy estimado por sus alumnos. Al ser buscado por ser sacerdote, se negó a esconderse, deseoso del martirio. ¨La mayor gracia que pueda hacerme Dios es la del martirio — decía —, pues así iré seguro al cielo¨. Y Dios se la concedió a los 35 años.

El p. Ignacio Casanovas, natural de Igualada (Barcelona), ejerció su misión escolapia en Tarrasa, Vilanova, Olot y Barcelona. Era buen pianista y maestro de gran ternura con sus discípulos más pequeños. Se le ofreció un pasaporte para huir, pero no quiso abandonar a su madre viuda, diciendo: ¨Suceda lo que Dios quiera y si me matan no tengo miedo, porque moriré por Dios¨. Fue llevado a un bosque y al decirle que lo iban a matar se arrodilló y mientras rezaba fue fusilado por la espalda.

El p. Carlos Navarro, de Torrente (Valencia), contaba 25 años cuando fue martirizado. Ya de muy pequeño dio indicios de vocación sacerdotal. Llevaba sólo un año de sacerdote, entregado a su misión escolapia en el colegio de Albacete. Fue apresado en su pueblo natal y llevado al martirio junto con otros dos sacerdotes, a quienes animó fervorosamente en los últimos momentos a sentirse orgullosos de morir sacrificados como Jesucristo.

El p. José Ferrer,nacido en Algemesí (Valencia), ejerció su ministerio escolapio en su propio pueblo, en Albacete y en Utiel. Desde 1934 era maestro de novicios en Albarracín. Estaba en su pueblo natal cuando en un mismo día, habiendo rechazado la idea de esconderse, fue apresado, encarcelado y fusilado junto con otro compañero escolapio, y en el momento de morir lanzó el grito de fe, tan común en boca de los mártires de esta persecución: ¨¡Viva Cristo Rey!¨. Tenía 32 años.

El p. Juan Agramunt era de Almazora (Castellón). Cumplió su misión de enseñanza en los colegios escolapios de Gandia, Albacete y Castellón. Apresado en su pueblo natal, mantuvo la serenidad en la cárcel, confiando en la Providencia, confesando y animando a sus compañeros a aceptar el martirio. Hombre valeroso que no dejó la sotana ni en los momentos de mayor riesgo. EI mismo se confesó antes de salir para el suplicio, que recibió de rodillas, rezando y perdonando a sus verdugos. Tenía 29 años.

Finalmente, el p. Alfredo Parte, natural de Cilleruelo de Bricia (Burgos). Ejerció siempre su ministerio escolapio en el colegio de Villacarriedo (Cantabria), siendo un experto en taquigrafía y mecanografía. Durante su cautiverio en la bodega de un barco - prisión, anclado en el puerto de Santander, rezaba el rosario con un grupo de presos, que llamaba ¨mi parroquia¨, y enseñaba también a leer a un analfabeto. Era cojo desde sus 20 años, pero al ordenarle subir a cubierta para matarle, tiró sus muletas, diciendo: ¨Para Ir al cielo, no las necesito. Murió con 37 años. Vive todavía un hermano suyo, sacerdote escolapio, que hoy asiste a su beatificación.


De las cartas de nuestros Beatos Mártires escolapios

El Señor nos quiere santos, santos ¡realmente! Y no debemos contentarnos con menos. No nos avergonzamos de haber estado en la cárcel por Jesucristo. Antes fue preso por nosotros. Con la prisión adquirimos cierto derecho a que Jesucristo, el Señor, nos confiese como discípulos ante su Padre.

Siempre es preciso cumplir el deber pero ahora es de toda necesidad porque son muchos los que miran interesados nuestro modo de vivir.

Aunque ignoramos si salvaremos nuestras esta vida. Un poco oscuro se nos presenta. En los tiempos difíciles hay que obrar con toda prudencia para que nadie pueda decir que estamos fuera de nuestro lugar.

Y la tristeza es mala consejera y peor compañía. Si la melancolía no se ataja pronto, degenera en desaliento.

Cuando tan bien nos prueba el Señor es que nos quiere mucho. Paguemos, paguemos que de mucho consuelo nos servirá algún día.

La vida presente es breve. Hay que ganar la otra a fuerza de trabajos, sacrificios y persones. Nunca el rencor.

Llevemos algo por delante, que de mucho consuelo nos servirá algún día.

La vida presente es breve. Hay que ganar la otra a fuerza de trabajos, sacrificios y perdones. Nunca el rencor ni la mala voluntad a los causantes de la prisión o de la muerte. Perdón, perdonar con todo el corazón Así el Señor le perdona a uno.

Además, la mayor parte del pueblo, más que maldad, lo que tiene es ignorancia. Por eso confío que el Señor se compadecerá de él si insistimos en la oración. Pongamos todo en las manos de Dios. Vivamos tranquilos. Contentos. Dios es sabio y misericordioso.
No tenemos más recurso que la oración para que pase esta ola amarga.
Después de unos tiempos, vienen otros.
¡Si vieras mi corazón…! Siento a veces que sale de su sitio por la alegría y la satisfacción que siente! ¡Cuántas gracias tenemos que dar a Dios por ser religiosos escolapios! La vocación nos libra de los grandes peligros del mundo. Y tenemos un buen modelo. Que nadie diga que la ilustre raza de Calasanz se ha extinguido. Somos sus continuadores.
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Fecha: 22/09/2014
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