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Calasanz, descubridor del mundo de los niños...
El genio de un educador.
A Calasanz se le ocurrió un buen día meterse entre la miseria de los barrios de Roma. Si hubiera sido un intelectual, un sociólogo, por ejemplo, hubiera hecho un estudio sobre las condiciones de vida de aquellas gentes. Pero allí no le llevó la ciencia, sino la caridad. Por eso se le pegó el corazón a los miserables y, cuando se ama a los miserables, no se estudia la miseria, se empieza, sin saberlo, a redimirla.
¿Y qué pasó? Que, mientras repartía las limosnas de la Cofradía de los Doce Apóstoles – que había que repartir limosnas corporales a los necesitados lo entendían todos entonces – tropezó con otra realidad, con la que se habían encontrado todos los hombres, pero que no habían visto: La situación de abandono en que vagaban por las calles enjambres de niños.
Los descubrimientos, tanto los científicos como los sociológicos, no hacen casualmente. No los hace cualquiera. Lo que describió Galileo, no lo pudo describir más que Galileo. Porque la parcela de conocimientos en que Galileo hizo los descubrimientos, nadie la había estudiado tanto como él. Así lo que descubrió Calasanz sólo lo pudo descubrir Calasanz, porque nadie había meditado tanto como él en la situación de abandono que vivían los niños, una parte de los habitantes de los barrios marginados.
El P. Vicente Berro, gran conocedor de Calasanz, dice en un relato que nos dejó sobre el tema:
“Visto que en Roma, entre tantas obras de caridad, no había manera de hacer nada a favor de los pobres pequeños, pensó que Dios le había dejado a él tal encargo” .
Calasanz había “visto” las pandillas de niños vagar por las calles sin otro oficio que deambular sin rumbo: había “visto” también que nadie se preocupaba de este hecho. De pronto él vio el problema que esto conllevaba:

Los niños: ¡Nadie piensa en ellos!

Y esa idea empezó a barrenarle el cerebro. Se acostaba pensándola y, en levantándose, seguía dándole vueltas en su mente.
Y, como una idea pensada, se ensancha y se enriquece, luego le absorbió el seso otra:

Y de la infancia depende toda la vida

Y henos aquí con las dos ideas que sostuvieron la increíble vida de Calasanz. Ellas le hicieron grande. Los antiguos decían: Non multa, sed multum, esto es, no muchas cosas, sino una con profundidad. Por eso Calasanz repetirá esas dos ideas una y otra vez, a tiempo y a destiempo, con su vida y con sus escritos, hasta que su sola presencia era un doblar de campanas por los niños: ¡El santo, símbolo del amor al niño!
¿Cuándo surgió esta chispa en la mente de Calasanz? Cualquier día; en cualquier parte. El P. Francisco Castelli, otro gran conocedor del Santo, dramatiza el momento de esta feliz manera:
“Pasando por una plaza, que no recuerdo cuál fue, vio una multitud de niños extraviados, que hacían mil diabluras, incluso lanzando piedras a los transeúntes. Y oyó como si una voz le dijera: ¡Mira, José, mira!” .
Bien dice Castelli que no sabía en que plaza había ocurrido: Eso había ocurrido en todas las plazas del mundo. En una cualquiera Calasanz lo presenció y se hizo el milagro: ¡Vio el contrasentido que encerraba!
Y la voz que oyó no fue en el tímpano del oído: Resonaba en toda su alma; la llevaba dentro sonando hacía mucho tiempo; entonces se hizo sensible, casi audible. Las ideas obsesivas se oyen fuera, se les puede aplicar el oído,
“Había encontrado una multitud casi innumerable de niños, que por su pobreza no podían ser llevados por sus padres a las escuelas y, por lo mismo se perdían corporal y espiritualmente, dándose a todos los vicios que la necesidad y el ocio suelen enseñar” .
En esos barrios los niños son materialmente “innumerables”: En el barrio en que yo trabajo, en la misa de ocho de los domingos, los niños que acuden so 700..., 800..., tal vez 1.000. No se sabe qué hacer con ellos. Es un problema ordenarlos para la catequesis...
Y Calasanz se los había encontrado agresivos a su paso por los barrios, mientras repartía limosnas... y los había visto en Tremp, allá en los Pirineos catalanes... y andaban como ovejas sin pastor por todas las ciudades y plazas de Europa y del mundo. Emociona oírlo a él:
“Habiendo yo visitado por seis o siete años barrios de Roma” . Calasanz estaba espiritualmente maduro para “encontrar el mundo de los niños”. No fue casualidad. Y Dios le movió a empezar “la obra santa”. Lo dice el P. Berro, su discípulo fiel:
“Comenzó nuestro D. José esta obra santa con tanto afecto que no cejó ya en tal empresa, aunque los compañeros muy a menudo le abandonaban” .
Empezó con “afecto”. Con mucho afecto. Era un alma afectiva Calasanz, como lo suelen ser las madres. Lo cual indica que aquella visión espiritual fue del corazón, no de la cabeza. El corazón ha iluminado la andadura del hombre por la historia tanto o más que la cabeza. Al fin y al cabo la mayor maravilla que hay en el hombre es el amor49bis.
El “Amor de Dios” empezó a arder en el corazón de Calasanz y le puso a hacer cosas extraordinarias:
El pintor Segrelles ha iluminado con su genio una de esas cosas grandes que hizo Calasanz:
En uno de sus cuadros está el prócer español del siglo XVI sentado junto al quicio de una puerta de una calle que era un río de aguas sucias; delante tiene un arrapiezo bien erguido que imita sobre su frente el gesto que hace Calasanz sobre la suya: Traza el signo de la cruz pausadamente, profundamente, piadosamente... Y detrás, asombrados, están Calasanz, arrapiezos mirando.
Eso es lo más grande que hizo Calasanz, siendo Doctor en Teología. Nadie puede hacer cosa más grande sobre la tierra.
Vínculo: .
Fecha: 21/11/2005
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